VACACIONES DE VERANO
El curso escolar terminaba, el primer
indicio de vacaciones lo marcaba Televisión Española con su entrañable Especial
Vacaciones, Daniel Boone, Los Picapiedras y Don Gato y el no menos famoso
Disneylandia. La merienda que acompañaba a tan fantástica programación era nocilla,
tulipan, tulicrem o la mantequilla de tres colores. Después llegarían las vacaciones
familiares.
Sí vivíamos en zona costera; la familia al completo se marchaba por la mañana a la
playa con la tortilla de patatas en el tupperware y la casera de naranja o limón, en la
nevera portátil que regalaba la Coca-Cola. En la radio, el comediscos o Junke Box sonaban
los éxitos del verano: Yo sé que este verano te vas a enamorar de Palito Ortega, Un rayo
de sol de Los Diablos, A la orilla de la mar de Los Albas, Cuando salga la luna de
Los Puntos y muchas más.
Una vez en la playa; los más pequeños
jugábamos en la orilla del mar con el balón azul de Nivea, que lo regalaban comprando un
bote de bronceador o aceite solar. Unas horas más tarde llegaba la hora de comernos esa
estupenda tortilla. Después de la comida la frase de la madre era siempre la misma:
¡ahora no te puedes bañar, estás haciendo la digestión!
y nosotros
con el cubo, la pala y el rastrillos
pringados de arena, esperábamos ansiosos el consentimiento materno para meternos de nuevo
en el agua. Como la situación de espera era bastante aburrida empezábamos a pedir de
todo: Un Frigolandia (helado que iba dentro de una cabeza de un personaje de Walt Disney)
o cualquier otra cosa en tal de llamar la atención.
Por las tardes había caballitos, Tren de la Bruja o compartíamos un coche de choque con
nuestros padres (feria ambulante). También estaba el cine de verano; sillas de hierro
descoloridas, pipas, palomitas y películas de José Luis López Vázquez. Entrañables
aquellas sesiones dobles dónde siempre nos quedábamos durmiendo en la segunda película.
Cuando la economía familiar iba viento en popa, también había viajes. Muchas veces era
al pueblo y otras a descubrir nuevas ciudades. La familia al completo y con las maletas de
Skai ocupábamos uno de esos departamentos de segunda clase en el tren. Todos
subíamos con mucha alegría, pero terminábamos preguntando insistentemente
¿cuánto falta para llegar? mientras mirábamos cansados, los cuadros de
paisajes en marcados que había encima de los posacabezas.
La escena del tupperware y la tortilla de patatas volvía a repetirse
.Después de recorrer 300 kilómetros y más de ocho horas de viaje, parando en todas las
estaciones, llegábamos agotados a nuestro destino.
Una vez de vuelta de aquellas estupendas vacaciones; la rutina volvía a casi toda la
familia, el padre a su trabajo la madre a su cocina y los más pequeños empezábamos a
ser un poco más libres, ya no había tanto control sobre nosotros. Salíamos a jugar y nos podíamos ensuciar saltando a la comba las
chicas o jugando a Churro, mediamanga, mangotero los chicos: los padres no estaban
presentes. O jugarnos una fantástica partida en la Máquina del Millón con
nuestros amigos y amigas en los billares del barrio.
Eran tiempos de niñez, veranos llenos de
alegría y diversión; hasta que un infame cartel de Galerías Preciados, nos anunciaba la
vuelta al cole y por lo tanto el fin de unos meses que jamás olvidaremos.
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