EL CATÓN
Adiós, Catón, adiós
Si preguntamos a cualquier persona nacida en España a partir de la década de los
cincuenta dónde aprendió a leer, nadie nos diría que en "El Catón" y serían
poquísimos los que nos dirían que en "un catón". El Catón, como libro así
titulado para ejercitarse en la lectura, fue utilizado por personas que nacieron en las
décadas anteriores e incluso este uso, conjuntamente con el de servir para la enseñanza
de la moral y las buenas costumbres, se pierde en la profundidad del paso de los siglos,
no sólo en España, sino en casi toda la Europa occidental. La utilización del término
"un catón" en el lenguaje cotidiano, en referencia a cualquier libro para el
aprendizaje de la lectura, aunque recogida en el diccionario, resulta hoy anacrónica y
aparece asociada a reminiscencias de tiempos escolares ya lejanos.
- ¿Qué era El Catón?
Muy resumidamente podemos decir que el Catón era un libro con lecturas elementales que
contenían frases y períodos cortos para enseñar y ejercitar en la lectura a los
principiantes, muchas de las cuales tenían un contenido moralizador.
- Origen, evolución y difusión de El Catón
Su origen data de la obra del moralista y gramático latino del s. III Dionisio Catón,
autor de una recopilación de sentencias morales con 174 máximas en verso, precedidas por
56 preceptos en prosa. De todos los libros de moral que se emplearon en la Edad Media para
la educación de la juventud y la ejercitación en la lectura, ninguno adquirió tanta
fama como éste, hasta el punto de que, por extensión o sinécdoque (nombrar la obra por
su autor) se acabó llamando "catón" a todo libro con el que se aprendía a
leer.
Curiosamente, mucho antes (s. III-II a. de C.), Catón el Censor compuso y escribió
"en gruesos caracteres" -con el objeto de hacerla más clara para la lectura-
una "historia de Roma" para que cuando su hijo aprendiera las primeras nociones
de la lectura y la escritura pudiera aprovechar la experiencia del pasado. De ahí que, en
ocasiones, se relacione erróneamente a este autor con el origen de la denominación
generalizada de "catones" que acabó dándose a los libros para la enseñanza de
la lectura.
La tradición popular convirtió a Catón en una autoridad de sentencias y refranes, y su
obra fue imitada y comentada por diversos autores, entre ellos Erasmo de Rotterdam.
También Cervantes lo menciona varias veces en sus obras. Fue, sin duda, el Catón el
libro escolar más antiguo para la lectura "de corrido" -y a la vez
moralizadora- y el de mayor difusión en los países de la Europa occidental. Sus primeras
versiones son incunables; alguna de ellas anterior a la Biblia de 1455. La más antigua
edición europea en castellano data de 1494 (Zaragoza, Pablo Hurus) e incluía un
catecismo y un tratado de urbanidad. Bastante difusión alcanzó el libro -escrito a
imitación de la obra del autor latino- "Castigos y enxemplos de Catón" (Medina
del Campo, 1543) al que pertenece esta estrofa:
Hijo, a tu maestro mucho lo deves temer,
vergüença y mesura en ti deves aver,
con tu buena campaña no deves contender,
mas de buenas costumbres los deves guarnecer.
Merecen también citarse las ediciones de la obra de Catón en los siglos XVIII y XIX de
la casa Orga (Valencia) y, Sierra y Martí, de Barcelona. También, desde finales del
siglo XVIII, el Catón se extendió es Hispanoamérica, especialmente en Argentina, donde
logró una gran difusión el llamado Catón Cristiano.
¦ El Catón Moderno en España
Pero el catón que más permanece grabado todavía en la memoria de millones de españoles
es el llamado "CATÓN MODERNO", publicado por primera vez en 1922 en Barcelona
por la editorial F.T.D., en el que los niños y niñas españoles de prácticamente tres
décadas (años 20, 30 y 40) -hoy hombres y mujeres curtidos por el tiempo, potenciales
lectores de estas líneas- aprendieron a leer partiendo de palabras, frases y textos,
muchos de los cuales pueden parecernos hoy "ñoños", raros y simples pero que,
en su momento, respondían al contexto de la época y sirvieron para el aprendizaje
gradual de la lectura, al tiempo que mantenían parte del contenido moralizador de los
originarios catones.
A pesar de que en la "Advertencia" del inicio del libro se indicaba que el
procedimiento a adoptar para la enseñanza de la lectura debía ser el del
"silabeo" en sustitución del "deletreo" entonces imperante, y de que
la lectura y la escritura se debían enseñar simultáneamente, los niños españoles
siguieron deletreando (la m con la a ma
) durante muchos años y aprendiendo la
lectura y la escritura como dos prácticas diferenciadas sin confluir en la lectoescritura
que, escolarmente, se incorporó mucho más tarde. También se indicaba que el método de
lectura seguido era esencialmente intuitivo y analítico-sintético.
En las imágenes anexas pueden observarse la portada y las páginas 7, 17, 41 y 62,
obtenidas de un ejemplar de 1922 que figura entre los fondos de manuales escolares del
Museo del Niño, y que a más de uno y una les servirán para rememorar recuerdos y
episodios de su infancia, más o menos difusos, con ellas enlazados.
¦ Otros "catones" posteriores
En los años 50 y 60 la "cartilla" -término que acabó siendo mucho más usual
que el de "catón"- más extendida para el aprendizaje de la lectura fue el
"Rayas" -sustituta del Catón Moderno- y, más recientemente, la cartilla
"Palau", el "Amiguitos" y el "Micho" que, en las décadas de
los años 70 y 80 alcanzaron también altas cotas de popularidad, al tiempo que, como
decimos, la denominación de "catón", en referencia a cualquier libro para el
aprendizaje de la lectura, fue cayendo prácticamente en desuso, relegada al mundo del
recuerdo.
¦ Algunas anécdotas y curiosidades sobre el Catón
o En una de las canciones que interpretaba Rocío Dúrcal en la película "Canción
de juventud" (eran los comienzos de la década de los 60, la época de Joselito,
Marisol, Pablito Calvo y Rocío Dúrcal como niños prodigio) que ella misma
protagonizaba, concretamente en el episodio que transcurre en el dormitorio del internado
de las chicas donde tiene lugar la "guerra" de almohadas, se plasma lo que en
aquella época era el retrato de una "niña buena", y que incluía la necesidad
de que aprendiera el Catón:
La niña buena, aprende Catón,
y escribe los palotes sin ningún borrón.
La niña buena aprende a sumar,
y sigue los consejos de papá y mamá.
o En la "Advertencia" que, a modo de introducción, se incluye al inicio del
Catón Moderno de 1922 "se atreven" a dar un consejo: "incitamos a los
profesores a que el primer día de clase enseñen ya a cada parvulito a escribir, en el
encerado, en el pizarrín o en un papel su propio nombre. Con ello se abren nuevos
horizontes ante la inteligencia y la sensibilidad incipiente del niño, dándole a
entender el porqué de la lectura y escritura, sin contar que este primer triunfo le
alegrará y le estimulará extraordinariamente, alegría que alcanzará también a sus
padres y el profesor". Esta sugerencia fue seguida en muchas ocasiones hasta tiempos
recientes, y fuimos muchos los niños y niñas que lo primero que aprendimos en la escuela
-y reforzado desde nuestras casas- fue a "poner" nuestro nombre como si de un
dibujo se tratase, de lo cual nos sentíamos enormemente orgullosos.
Francisco García González
Museo del Niño y Centro de Documentación Histórica de la Escuela
www.museodelnino.es
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